En primer lugar, con el cambio en diciembre del gobierno en la Ciudad de Buenos Aires, el BAFICI, para algunos, había sido puesto en peligro. La gestión encabezada por Mauricio Macri parecía no tener pautas claras sobre qué se haría con el festival que responde al gobierno porteño, uno de los dos más importantes del país. El primer contratiempo fue la partida de Fernando Martín Peña, que había estado al frente de la novena edición del evento (y durante el año pasado preparó la décima) y que se despidió de su cargo con una resonante carta pública a fines del 2007. Entonces, el crítico Sergio Wolf fue designado para comandar la muestra, que se organizó, en sus palabras, “en medio de las tormentas”.
En segundo lugar, en el 2008 el BAFICI antecedió al
Festival Internacional de Cine de Mar del Plata por primera vez en varios años. El evento marplatense, otro gran festival argentino pero que depende del INCAA, se realizará en diciembre. Esto pudo suponer algunos cambios para el Bafici: el público cinéfilo estaba más ávido de un festival y muchas películas, que no quieren esperar a fin de año, lo eligieron para presentarse en Argentina. En otras oportunidades, BAFICI y Mar del Plata habían competido por incluir a ciertos filmes en sus grillas. Tal vez sea esa la razón por la que en el décimo Bafici aparecieron títulos que no parecen contar con el carácter independiente (o alternativo, innovador, original) particular de esta muestra:
Shine a light, de Martin Scorsesse (ya estrenada);
I’m not there, de Todd Haynes, sobre Bob Dylan; o la remakes por encargo
Funny games y
El globo rojo, de Michael Hanneke y Hou Hsiao Hsien, respectivamente; o producciones comerciales asiáticas de poco vuelo creativo, como
The show must go on, de Jae-rim Han, entre otras.
Sin embargo, personalmente, he encontrado pequeñas y grandes satisfacciones en las principales secciones del festival. En la Competencia Internacional, disfruté mucho de
Yo. En la competencia Cine del Futuro, conformada por operas primas, encontré algunas pequeñas grandes películas de distintas latitudes. De Filipinas,
Tirador; de Brasil,
Ainda orangotangos; y de Francia,
La France. Y, en la sección Trayectorias, me deleité con
Stellet Licht y con
En la ciudad de Sylvia.
Pero lo más gratificante probablemente haya sido poder dar inicio y cierre al festival con dos muy buenas películas nacionales. En la primera jornada se presentó
Construcción de una ciudad, que tuvo una buena recepción del público, se llevó una Mención Especial del Premio ACCA y que se acaba de estrenar en salas. Y el último día se pudo ver
Historias extraordinarias, que ganó el Premio del Público a la Mejor Película Argentina y el Premio Especial del Jurado Kodak-Cinecolor. La película encantó a la audiencia (en mi función nadie abandonó la butaca en las cuatro horas que dura), para algunos debería haber triunfado en la Sección Oficial Argentina, para otros debería haber participado en la Sección Oficial Internacional. Es un inmenso espectáculo que generó polémica, ya que, pese a sus dimensiones, fue producido con muy poco dinero y sin el apoyo del INCAA.
Es difícil evaluar la calidad de una muestra de cine con tantas películas, pero lo que es innegable es que el BAFICI logró nuevamente tener propuestas para satisfacer a los amplios paladares cinéfilos. Entonces, hay razones para celebrar los diez años y sobran motivos para pedir algunos años más.